Saltar al contenido principal.

Acceso a otros temas jcyl.es

Página de inicio de la Junta de Castilla y León

Archivos

Contacto

Acceso a otros temas jcyl.es

Archivos de Castilla y León

Redes Sociales

  • Facebook
  • Youtube
Contenido principal. Saltar al inicio.

Documento 2

Real Provisión de Carlos I nombrando a Juan de Figueroa consejero del Consejo [Real y Supremo de Castilla]. Gante, 1 de abril de 1540.

Tras su estancia en Nápoles y ejercer de consejero y asistente del Virrey (en muchos documentos aparece como regente), Juan Rodríguez de Figueroa regresará a España para ser nombrado por Carlos I consejero del Consejo del Rey. 

El denominado Consejo del Rey o Consejo de Castilla, de creación bajomedieval, se constituyó en la cima de la organización del gobierno de la Corona de Castilla. Estaba compuesto por oficiales regios, en su mayoría letrados, de la total confianza del rey, que les sometía a consulta toda clase de asuntos. Ser consejero de este Consejo se consideraba en muchos casos la cúspide de la carrera burocrática. Aunque Juan Rodríguez de Figueroa no se quedó ahí sino que llegó a ser presidente del Consejo en 1563.

En algunas fuentes Juan Rodríguez de Figueroa aparece formando parte no sólo del Consejo sino también de la Cámara de Castilla, a la que se incorporó al comienzo del reinado de Felipe II, en 1557. La Cámara de Castilla tenía una vinculación muy estrecha con el Consejo, pues la integraban dos o tres de sus consejeros, además de un secretario. Resolvía cuestiones de gracia, merced y patronato real. Todas esas regalías la convertían en un despacho casi secreto y reservado del rey. 

Como nota curiosa del documento, su firma en Gante en abril de 1540, coincide en el tiempo con la airada reacción que tuvo el Emperador con su ciudad natal después de que esta le hubiera negado el socorro económico en sus guerras contra Francia. No sólo derribó sus puertas y otros símbolos de la ciudad sino que sometería al oprobio a sus conciudadanos al obligarles a desfilar descalzos portando una especie de ridículo camisón y con una soga al cuello, como la de los ahorcados (origen de la expresión “andar con la soga al cuello”). Fue una clara advertencia de que no admitiría ningún tipo de insumisión económica de sus súbditos.