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Testimonio de hidalguía

Testimonio notarial a petición de Martín de Figueroa sobre un pleito entre Juan de Figueroa (hermano del primero) y el Colegio Viejo de San Bartolomé y su derecho a ser colegial tras haber demostrado su limpieza de sangre. Salamanca, 8 de enero de 1547

Durante la Edad Moderna el acceso a los estudios universitarios no era tarea fácil. La universidad y en especial los colegios universitarios se mostraron celosos de su linaje. Además de seleccionar a sus miembros según su talento, ingenio o capacidad, existía una discriminación legal, puesto que al aspirante a colegial se le exigían los estatutos de limpieza de sangre, o lo que es lo mismo, el requisito de descender de padres que pudieran asimismo probar descendencia de cristiano viejo, un claro exponente de la intolerancia social y religiosa que se vivía en la España de la Edad Moderna. Precisamente, la primera institución que adoptó un estatuto de limpieza de sangre fue el Colegio Mayor San Bartolomé de Salamanca, en 1482, el mismo año en que empezó la Inquisición a actuar en la ciudad.

Juan de Figueroa inició sus estudios de leyes en la Universidad de Salamanca siendo colegial de San Bartolomé entre 1519 y 1524. Concluyó su carrera alcanzando el grado de doctor en Cánones, titulación con la que ejerció como catedrático de Decretales. Sus primeros pasos los dio al amparo del obispo Alonso de Fonseca, de quien fue provisor, y los prosiguió cuando el prelado fue promovido a la archidiócesis primada de Toledo y le nombró, primero, vicario de Alcalá de Henares y en 1525 gobernador del arzobispado. 

Entre 1526 y 1527, el vicario Figueroa instauraría tres procesos en averiguación sobre las actividades de Ignacio de Loyola, que llegaría incluso a cumplir condena en la cárcel de Alcalá de Henares. Años después, en 1538, Rodríguez de Figueroa tendría la ocasión de salir en defensa de Loyola y sus compañeros en Roma, que estaban siendo acusados de prófugos de la Inquisición por sus enseñanzas heterodoxas.

Huérfano de patrón cuando falleció el arzobispo Alonso de Fonseca en 1534, no tardaría en hacerse merecedor de la gracia imperial.