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Archivos de Castilla y León
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La segunda mitad del siglo XX, en la que Delibes desarrolla su trayectoria narrativa, es un periodo en el que la novela europea se pregunta cuál debe ser su función, y qué senda debe seguir. Las respuestas, en todas las lenguas del continente, son muy diversas: novelas experimentales, novelas fragmentarias, antinovelas… Los escritores ensayan diferentes estrategias para crear y, en la medida de lo posible, hacerlo de forma novedosa.
Desde sus inicios, pero especialmente desde El camino (1950), Miguel Delibes desconfiará de planteamientos teóricos previos que condicionen la narración a fin de conseguir la originalidad. Lo importante, para él, es tener un personaje al que escuchar, que éste viva en un mundo fielmente retratado, y que tenga una historia. O, por decirlo con la escueta expresión que él mismo acuñó: «Un hombre, un paisaje, una pasión».
Pero para poder seguir esta fórmula de apariencia tan simple es necesario saber escuchar (la voz de cada personaje, y especialmente la de los seres humildes y desapercibidos) y saber mirar (el horizonte amplio o reducido en el que se mueven, sufren, anhelan). A Miguel Delibes no le importó que sus criaturas y su territorio le robasen el protagonismo, porque intuyó, como nos recordó en su intervención en la ceremonia de entrega del Premio Cervantes, al rememorar Una vida vivida a través de los personajes de sus libros, que «… ellos son, en gran parte, mi biografía». Por eso, Daniel el Mochuelo, Desi, el señor Cayo, Azarías, Menchu, Paco el Bajo y tantos otros nos hablan hoy con las voces llenas de vida que su autor supo darles.